Por: Alma Carbajal G.

 

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Las dos de la mañana, ni un alma despierta, solo la mía pateando la puerta de mis angustias. Ya no podía seguir poniéndome high para que no fuera a caer en la vergüenza de dejarla entrar a llorar sobre mis pupilas. Solo una pastilla más solo un trago de agua mineral, para aplacar el retumbar de las vías cuando pase el tren de la insolencia, del insolente químico que hará elevarme a algún extraño e involuntarioso sitio, frio y magnéticamente siniestro.

 

Sonaba en mi celular una y otra vez Cloud #9 de Lennon, el aire del verano lamió de golpe mi piel, esa sensación obnubilación hizo que me dirigiera a la azotea; las pastillas habían hecho su efecto, buscaba en el cielo alguna frontera azul, no había nada, solo un oleaje rojo que me devolvía una mirada encendida, fúrica, sabía que era soul, jugando con mi mente, pudo abrir la puerta y dejo que mi aflicción se subiera a mi cabeza, estilizo todos mis pasajes oscuros, lo que al final provoco que saltará. ¿Salté? ¿Salté? ¿Salté? ¿Salté? ¿Salté? ¿Dónde, dónde dónde?

 

Desperté recostado sobre la cama, abrí las ventanas y el día estaba nublado;  recostado en una cobija ceniza, con los blancos ojos cerrados;  parecía no querer llover. De pronto vi algo que cayó al vacío, era yo, ¿cómo era posible? No quise mirar, puse mi valor en perspectiva,  al final miré, no había un cuerpo, nada.  Sin embargo una pequeña herida carmín salió de mi frente, luego la sangre, luego el cuello se quebró en los pálidos dientes de la muerte, así el desenlace advino por un corazón destrozado contra el asfalto; caí de súbito al suelo, fulminado por la eternidad, que me hacía repetir como una fastidiosa agonía mi profecía, el suicidio de mi alma, ella quiso dejar este mundo. ¿Yo? Aún no lo decido.

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