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El rugido de la próxima tormenta trajo al carrusel de mis recuerdos,  un beso en rojo, luego, con crueldad,  se extinguió en verdes segundos. La nube comienza a sollozar lento; no arrecia demasiado en su angustia, quieta, espera que mi corazón vaya alimentando el recuerdo conforme avanza un tropel plomizo, en tanto,  éste deja una estela húmeda de palpitaciones sobre mi pecho.

 

Llegamos a lo alto de la nube, de una cumbre, de una mirada. Tan cerca y con el cielo lanzando suspiros húmedos, los labios censuraron el tiempo, cerrando la lejanía de ambos cuerpos. El frió fue derrotado por la llama de un abrazo y del aliento,  que violentamente predecía que el pudor caería de rodillas, entre las tiernas comisuras, bajo la tortura de una lengua.

 

Esa tarde vistió de luto,  y con queja incierta de vientos rebeldes; abrió para dos amantes un sol de papel, desplegado en una sonrisa, en el acercamiento de una piel paralela,  a un amor de siglos perdido.