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Los días calurosos de infierno se antojan indigestos de invierno. Eran las cuatro de la mañana, la pesadilla sacudió el sueño, como si este fuera un terremoto premeditado sobre el cuerpo; desperté, bajé las escaleras sin zapatos, hacia un frió que recorría cual serpiente la piel descubierta de mis hombros.

Tomé la lampara y vertí su luz en el lomo de la oscuridad, esperando que la pesadilla que todavía  pernoctaba en la boca del estomago se disipara, para dar entrada a la tranquila “realidad”. Suspire, y decidí volver a la cama, no fue posible a pesar de mi adormecimiento introspectivo, fijé la vista en la ventana, sonreí, los pocos de nieve se precipitaban al suelo, parecidos a pétalos de rosas blancas, anunciaban la llegada de la gélida novia, que cubría con su velo las calles, autos y tal vez, al igual que yo también,  alguien estaba siendo cubierto por la sorpresiva y suave ventisca de cambio de estación.

Recordé sonatas de piano que mi padre tocaba para que conciliara el sueño; él era pianista, murió de cólera cuando yo solo tenia diez años, por ahora solo puedo quedarme con la partitura en memoria de una canción escuchada una y otra vez, silbada sutilmente por el viento helado. El asesino de mi padre, el autor intelectual del crimen fue el verano; con su asfixiante atmósfera, vuelve a los sentidos una masa pegajosa, el  mal carácter sube en el termómetro del animo y todos esperamos que la noche caiga de sopetón, para que amedrente el hirviente vaho de la insufrible estación.

Por esa razón desprecio lo que denota una estúpida alegría veraniega, los juegos que los niños comparten divertidos al chapotear en el agua, refrescándose las risas con helado. De alguna manera el invierno se instauro en mi, acogió el dolor, congeló mis lagrimas para que ya no sufriera. Y así en la calidez de la chimenea contradictoriamente paso el invierno en su regazo, para no sentir nada, para de alguna manera irónica poder sobrevivir a los ardores ridículos del amor; porque el ser humano es voluble y así más rápido que tarde, las cenizas llegan para poner sobre la  propia garganta un nudo, ahogándote desde dentro con la angustia de un sentimiento perdido.

Ojala y esta nevada dure un poco más, porque el llanto cálido de estos recuerdos, confunden mi meta de llegar a cristalizar estos sentimientos, que pretendo con toda alevosía hacerlos dormir en la mortaja helada de mis pensamientos.

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